ENTRE EL DEBATE Y EL INSULTO

Cecilia López Montaño
Washington D.C., Mayo 27 de 2013

 

Nada más saludable que los debates entre gente seria, comprometida con el país y con el claro ánimo de contribuir a mejorar aspectos de la vida nacional, que según su opinión, puedan mejorarse. Desafortunadamente en Colombia este tipo de discusiones se han vuelto claramente difíciles, casi peleas, tanto en el escenario político como en cualquier otro, incluyendo aquel que por definición debía ser su escenario natural, el académico. Los grandes líderes políticos han dado la pauta para el mal ejemplo. En vez de sentase civilizadamente a conversar y llegar a acuerdos y desacuerdos, el insulto se ha vuelto la forma de relacionarse. Perverso ejemplo que de manea acuciosa siguen todos los demás. Insultar parecería ser la norma para descalificar y acabar debates en vez de dialogar y llegar a acuerdos hasta sobre los desacuerdos.

También la globalización juega aquí un cambio de actitud. Ya las discusiones no solo salen del ámbito local sino del nivel internacional, y resulta absolutamente contraproducente no darse por aludido cuando grandes cuestionamientos se dan en el mundo actual. La razón es muy sencilla: nada de lo que pase hoy, así sea en la aldea más lejana, dejará de tener implicaciones en una sociedad conectada por el Internet, la televisión y todos los avances en las comunicaciones, característicos de esta nueva globalización.

Hoy más que nunca es evidente que existen más preguntas que respuestas y que nadie, absolutamente nadie, tiene la verdad revelada. La actual crisis financiera de los países más avanzados, Estados Unidos y la Unión Europea, así como la desaceleración de China, han generado grandes frustraciones entre los economistas que creyeron haber encontrado las fórmulas que harían posible la prevención de grandes recesiones en el mundo. Lo dijo un premio Nobel, Paul Krugman, que merece algún respeto tanto por parte de quienes siguen su pensamiento como de aquellos que no. Espero.

El gran poder de la tecnocracia y de los economistas en general está siendo cuestionado porque muchas de sus sabias fórmulas hoy tienen a muchos países en serios problemas, y lo más importante, no solo a los pobres que casi siempre pagan el pato sino como en España, a las clases medias que vivieron una bonanza que les hizo creer que habían encontrado el camino del progreso. Disculpas puede haber muchas, pero la realidad es que se necesita debatir sobre el alcance de las políticas públicas que son diseñadas y ejecutadas por profesionales formados en universidades de gran prestigio, tanto locales como internacionales. Especialmente en referencia a los economistas, quienes siguen acaparando las posiciones más importantes y decisivas cuando de diseñar esas políticas se trata.

Es importante entender que generar un debate no es un ataque personal a un tema, sino una puerta de entrada a la exploración de nuevas posibilidades y avances sobre ese tema, seguramente necesarias en este mundo mucho más complejo e interconectado. Nada es estático hoy en día, y por ello los debates no producen resultados cuando son discutidos con descalificaciones innecesarias, ataques personales, o molestia ante la presencia de voces discordantes. Despreciar la experiencia de otros y creer de manera arrogante que solo los jóvenes, algunos todavía estudiando, saben más como se mueve la realidad que aquellos que llevan una vida siendo no solo espectadores sino actores, es un error que evita el desarrollo. Pero más importante aún es entender, que cuando un debate es importante, aquel que insulta, refleja odio y participa para descalificar al otro, es el primero que pierde su opinión por muy válida que esa pueda ser, porque lo que queda, no es el peso de sus ideas sino la grosería de sus insultos.

Ojalá los vicios de los políticos, como ese debate altanero y grosero entre ex presidentes colombianos, no contaminen las discusiones en otras esferas, y menos aún, en la académica, porque es allí donde se empiezan los grandes cambios que el país y el mundo necesitan. Menos arrogancia, más respeto y mentes más abiertas y flexibles al debate es lo que Colombia requiere hoy, porque nos falta mucho por aprender y cambiar. De nuestra habilidad para aceptar nuevas ideas dependen mucho la calidad de vida de mucha gente y el futuro del país.

Todos aquellos que adquirimos el privilegio de influir, también tenemos la gran responsabilidad de lograr que entre el debate y el insulto, prevalezca el primero sobre el segundo, si queremos un país mejor.

 


Cecilia López Montaño © 1999 - 2013 - Derechos Reservados

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2o. Trimestre de 2013

 
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