EL CLIENTELISMO DIPLOMÁTICO

Cecilia López Montaño
Bogotá, Febrero 25 de 2013

 

Hace mucho tiempo que los diferentes gobiernos de este país hacen clientelismo diplomático. Es decir, pagan favores políticos con nombramientos en distintos países ignorando por completo si estas personas, hombres y mujeres, cumplen con los mínimos requisitos para representar adecuadamente al país. Si esto sucede con embajadores que con frecuencia han dejado por el piso el nombre de Colombia, con más facilidad, en posiciones diplomáticas inferiores, terminan regalando puestos a personas incapaces.  

En el gobierno anterior se les pidió muchas veces a los cancilleres, de nuevo hombres y mujeres, que por favor no dejaran que la nómina del Ministerio de Relaciones Exteriores la manejara exclusivamente la Casa de Nariño, sin tomar en cuenta las observaciones de la Cancillería. Inútil requerimiento que jamás fue escuchado y que ahora parece ser la norma en la Administración Santos. Pero dos casos muy recientes deben tener al Presidente con los pelos de punta. Por ello es oportuno hacer esta reflexión. Una niña, funcionaria diplomática nada menos que de la Embajada en Washington, que seguramente no recibió la más mínima instrucción sobre lo que su cargo diplomático exigía, pasada de tragos armó un escándalo en Washington D.C. Qué vergüenza.

Para completar, en esta semana, después de la orden de captura de la Corte a la Senadora Piedad Zuccardi, se conoció que la última concesión del Gobierno a semejante clan era el nombramiento de un hermano de la Senadora, en el consulado de Mérida, Venezuela. Hoy el Gobierno tuvo que correr a desnombrarlo, como si a la Cancillería no le faltaran problemas.  Definitivamente estos políticos tradicionales no aprenden.   

Sorprende que la Canciller actual caiga en este tipo de problemas cuando armó un lío por el nombramiento de hijos de políticos costeños en su Embajada ante Naciones Unidas. Ese gesto que muchos alabamos y que mostraba carácter y plena comprensión de lo que significa la diplomacia, se perdió y terminó aceptando que la Casa de Nariño siguiera pagando favores no a cualquier político con cargos diplomáticos, sino nada menos que al clan más cuestionado en este país. ¡Qué lástima!

Sería muy interesante que la Comisión Segunda del Senado aprovechara estos dos episodios para pedir una evaluación de las personas que no son de carrera, sino como se dice en los corrillos de la Cancillería, "nombrados a la carrera", en distintos países para ejercer funciones diplomáticas. Empezando por embajadores que no hablan nada distinto al español y que podrían estar en países donde es imposible comunicarse sin un idioma adicional, inglés, francés o alemán. Casos se han visto con consecuencias gravísimas como pasó en su momento en los Países Bajos. No hay un embajador o un alto funcionario en una embajada o en un consulado más débil que aquel que no pueda comunicarse con funcionarios del país donde representa a Colombia. No faltan los avivatos que se aprovechan de esas debilidades para suplantar al funcionario y causar serios problemas. 

Colombia no ha logrado entender que el servicio diplomático es la cara del país y, más aún, que los Embajadores son los representantes plenipotenciarios del Presidente de la República. Pero la tentación de pagar favores políticos con puestos diplomáticos se ha consagrado definitivamente, como un vicio. Entonces, ¿para que se habla de carrera diplomática? ¿Para que hacen perder el tiempo a mucha gente que hace grandes esfuerzos para representar dignamente al país, si al final, cualquiera bien relacionado, obtiene las posiciones que deberían ocupar ellos? Ese es otro pecado de esta politiquería colombiana.

 


Cecilia López Montaño © 1999 - 2013 - Derechos Reservados

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